Tres relatos, un mismo instante
Los tres primeros Evangelios coinciden en un detalle extraño. En el momento en que Jesús muere, fuera de las murallas, en un lugar de ejecuciones, algo se rompe a menos de un kilómetro de allí, en el corazón del Templo de Jerusalén. Nadie en el Gólgota podía verlo. Y, sin embargo, Marcos, Mateo y Lucas lo cuentan como parte de la misma escena, en la misma frase casi, como si no se pudiera entender una cosa sin la otra.
Marcos, probablemente el más antiguo, es seco como un parte:
Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Y el velo del santuario se rasgó en dos, de arriba abajo.
Mateo repite la frase casi palabra por palabra y la rodea de prodigios: la tierra tiembla, las rocas se parten, se abren los sepulcros. Lucas, en cambio, altera el orden. Para él, el velo se rasga antes de la muerte, mientras el sol se oscurece, y solo después Jesús grita: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Juan, que cuenta la Pasión con tanto detalle, no lo menciona.