Archivo YeshúaMt 27,51 El velo
rasgado

Fragmento gratuito

El velo rasgado

Qué se rompió en el Templo cuando murió Jesús.

  • 5 min de lectura
  • Capítulos 1–3 de 6
  • Mateo 27,51

Los tres primeros Evangelios coinciden en un detalle extraño. En el momento en que Jesús muere, fuera de las murallas, en un lugar de ejecuciones, algo se rompe a menos de un kilómetro de allí, en el corazón del Templo de Jerusalén. Nadie en el Gólgota podía verlo. Y, sin embargo, Marcos, Mateo y Lucas lo cuentan como parte de la misma escena, en la misma frase casi, como si no se pudiera entender una cosa sin la otra.

Tres relatos, un mismo instante

Marcos, probablemente el más antiguo, es seco como un parte:

Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Y el velo del santuario se rasgó en dos, de arriba abajo.

Mateo repite la frase casi palabra por palabra y la rodea de prodigios: la tierra tiembla, las rocas se parten, se abren los sepulcros. Lucas, en cambio, altera el orden. Para él, el velo se rasga antes de la muerte, mientras el sol se oscurece, y solo después Jesús grita: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Juan, que cuenta la Pasión con tanto detalle, no lo menciona1.

Las palabras griegas importan. El velo es katapétasma, literalmente «lo que se despliega hacia abajo»: una cortina. Y el lugar no es el Templo en general, que en griego sería hierón, sino el naós: el santuario, el edificio sagrado del centro, en el que solo entraban los sacerdotes. Los evangelistas no hablan de una cortina cualquiera del recinto. Hablan de la del edificio más santo de Israel.

Ninguna fuente judía o pagana menciona el suceso, y el historiador no tiene forma de comprobarlo. Lo que sí puede hacer es preguntarse por qué los tres evangelistas lo consideraron imprescindible. Y para eso hay que reconstruir el lugar.

El Templo de Herodes

El Templo que conoció Jesús no era el de Salomón, destruido por los babilonios en el año 586 antes de Cristo, ni exactamente el que levantaron los judíos al volver del destierro. Era una obra de Herodes el Grande. Josefo cuenta que la emprendió en el año dieciocho de su reinado, hacia el 20 o el 19 antes de Cristo2. El santuario se construyó en poco tiempo, pero las obras del conjunto siguieron durante décadas. En el Evangelio de Juan, los adversarios de Jesús lo dicen con orgullo: «Cuarenta y seis años ha costado construir este Templo»3. Según Josefo, se terminó hacia el año 64, y más de dieciocho mil obreros se quedaron sin trabajo. Seis años después, las legiones de Tito lo quemaron.

Herodes amplió la explanada hasta convertirla en una de las mayores plataformas sagradas del mundo antiguo, de unas catorce hectáreas. Los muros de contención que hoy se ven en Jerusalén, incluido el Muro Occidental, son de esa obra. Dentro, el espacio se organizaba en recintos cada vez más restringidos. El gran patio exterior estaba abierto a todos, también a los no judíos. Una balaustrada con avisos en griego y en latín prohibía a los extranjeros pasar de allí bajo pena de muerte; se han encontrado dos de esas inscripciones, en griego4. Después venían el patio de las mujeres, el de los varones de Israel y el de los sacerdotes, con el gran altar de los sacrificios. Y en el centro, más alto que todo, el santuario.

El Santo y el Santo de los Santos

El santuario tenía dos estancias. La primera, el Santo, guardaba tres objetos: el candelabro de siete brazos, la mesa de los panes de la ofrenda y el altar del incienso. Allí entraban cada día los sacerdotes de turno. Es la sala en la que, según Lucas, Zacarías ofrecía el incienso cuando se le apareció el ángel5.

La segunda, el Santo de los Santos, era un espacio cuadrado y oscuro, sin ventanas. En el Templo de Salomón había guardado el arca de la alianza. En el de Herodes estaba vacío. Josefo lo dice sin rodeos: dentro «no había nada en absoluto»6. Cuando el general romano Pompeyo conquistó Jerusalén, en el año 63 antes de Cristo, entró en él por derecho de conquista, y el historiador Tácito resumió el desconcierto de los romanos en una frase: la sede estaba vacía y los misterios, sin contenido7.

Solo una persona podía cruzar ese umbral, y solo un día al año. El sumo sacerdote entraba en el Santo de los Santos en Yom Kipur, el Día de la Expiación, con el incienso y la sangre de los sacrificios, para pedir el perdón de sus pecados y de los del pueblo. El Levítico regula ese día con todo detalle y empieza con una advertencia8:

Di a tu hermano Aarón que no entre en cualquier momento en el santuario, detrás del velo, ante el propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera.

Entre el Santo y el Santo de los Santos no había una puerta: había una cortina. Según la Misná, en el último Templo eran en realidad dos, colgadas a un codo de distancia, y el sumo sacerdote caminaba entre ambas para entrar9. Y había otra cortina más, enorme, a la entrada del santuario, a la vista de todos. Josefo, que era sacerdote y conoció el Templo en pie, la describe con admiración:

Delante de las puertas colgaba un velo de la misma altura, un tapiz babilónico bordado de azul, lino fino, escarlata y púrpura, labrado con un arte admirable. En él estaba representado todo el cielo, salvo los signos del zodiaco.

Las puertas que cubría medían, según el mismo Josefo, cincuenta y cinco codos de alto: unos veinticinco metros. Y los colores, explica, no estaban elegidos al azar. Eran una imagen del universo: la escarlata significaba el fuego; el lino, la tierra; el azul, el aire, y la púrpura, el mar10.

Así que el santuario tenía, al menos, dos velos. Uno a la vista de quien se acercaba al santuario, bordado con el cielo entero. Otro escondido en la penumbra, ante una estancia vacía que solo un hombre pisaba una vez al año. Los evangelistas no aclaran cuál de los dos se rasgó.

Y la respuesta cambia el sentido de la escena. Unas décadas después, un autor cristiano anónimo lo leería así: «Tenemos libertad para entrar en el santuario por la sangre de Jesús, por el camino nuevo y vivo que él inauguró para nosotros a través del velo, es decir, de su carne»11. Para entender esa lectura hay que mirar de cerca la cortina, el tejido y la dirección del desgarro: de arriba abajo.

El capítulo 4, «Un velo de arriba abajo», sigue en el libro.

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  1. 01 Tres relatos, un mismo instante En este fragmento
  2. 02 El Templo de Herodes En este fragmento
  3. 03 El Santo y el Santo de los Santos En este fragmento
  4. 04 Un velo de arriba abajo En el libro
  5. 05 La lectura de la Carta a los Hebreos En el libro
  6. 06 Un camino abierto En el libro

Notas y fuentes

  1. Marcos 15,37-38; Mateo 27,50-53; Lucas 23,44-46. Juan narra la muerte de Jesús en 19,28-30. Las citas bíblicas de este libro son traducción propia. ↑

  2. Flavio Josefo, Antigüedades judías 15,380. Sobre el final de las obras, 20,219. ↑

  3. Juan 2,20. ↑

  4. Flavio Josefo, La guerra de los judíos 5,193-194. La inscripción completa, hallada en 1871, se conserva en el Museo Arqueológico de Estambul. ↑

  5. Lucas 1,8-11. ↑

  6. Flavio Josefo, La guerra de los judíos 5,219. ↑

  7. Tácito, Historias 5,9. ↑

  8. Levítico 16,2. ↑

  9. Misná, Yomá 5,1. Otra tradición de la Misná, con evidente exageración, atribuye al velo un palmo de grosor (Shekalim 8,5). ↑

  10. Flavio Josefo, La guerra de los judíos 5,211-214. ↑

  11. Hebreos 10,19-20. ↑

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