Marcos lo cuenta con una sencillez que sorprende: Jesús «subió al monte, llamó a los que quiso, y fueron donde él». No hay discursos ni pruebas de acceso. Hay un nombre detrás de otro, doce en total, y una cifra que ningún judío de la época podía oír sin pensar en algo mucho más grande que un grupo de amigos.
Subió al monte y llamó a los que quiso
La escena está en Marcos 3,13-19. Jesús ya tiene seguidores; algunos lo acompañan desde hace tiempo. Pero aquí hace algo distinto: elige un grupo concreto dentro del grupo. El texto griego dice literalmente que «hizo doce», y añade para qué: «para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar»1. Las dos cosas van juntas, y en ese orden. Antes de ser enviados, los Doce son los que están con él.
También sorprende quién elige a quién. En el mundo judío de la época era el discípulo quien buscaba a su maestro: «hazte con un maestro», aconseja una de las máximas más antiguas que recoge la Misná2. Aquí es al revés. Jesús «llamó a los que quiso». Y a algunos, además, les cambió el nombre. A Simón lo llamó Pedro, que traduce al griego el arameo Kefa, «piedra». A Santiago y a Juan, los hijos de Zebedeo, los llamó Boanerges, «hijos del trueno». El primer apodo habla de una función; el segundo, probablemente, de un carácter.
Marcos casi nunca los llama «apóstoles», que significa «enviados». Los llama, sencillamente, «los Doce», como si el número fuera su nombre propio. Así los recuerda también Pablo en la lista más antigua de apariciones del Resucitado, escrita hacia el año 55: «se apareció a Cefas y luego a los Doce»3. Para entonces, según los Evangelios, ya solo eran once, porque Judas había muerto. Pero Pablo los llama los Doce. La cifra había dejado de ser una cuenta para convertirse en un título.
Tenemos cuatro listas con sus nombres: tres en los Evangelios y una en los Hechos de los Apóstoles. Puestas una detrás de otra, se parecen mucho, pero no del todo. Las barras separan grupos de cuatro nombres (en los Hechos, el último grupo tiene tres: ya no está Judas)4:
- Marcos 3,16-19. Simón Pedro, Santiago de Zebedeo, Juan y Andrés / Felipe, Bartolomé, Mateo y Tomás / Santiago de Alfeo, Tadeo, Simón el cananeo y Judas Iscariote.
- Mateo 10,2-4. Simón Pedro, Andrés, Santiago de Zebedeo y Juan / Felipe, Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano / Santiago de Alfeo, Tadeo, Simón el cananeo y Judas Iscariote.
- Lucas 6,14-16. Simón Pedro, Andrés, Santiago y Juan / Felipe, Bartolomé, Mateo y Tomás / Santiago de Alfeo, Simón el Zelota, Judas de Santiago y Judas Iscariote.
- Hechos 1,13. Pedro, Juan, Santiago y Andrés / Felipe, Tomás, Bartolomé y Mateo / Santiago de Alfeo, Simón el Zelota y Judas de Santiago.
Hay tres cosas que saltan a la vista. Pedro encabeza siempre la lista, y Judas Iscariote la cierra en los tres Evangelios. Los nombres se agrupan en tres bloques de cuatro, y cada bloque empieza siempre por el mismo: Pedro, Felipe y Santiago de Alfeo. Dentro de cada bloque el orden baila, como baila en cualquier lista que se transmite de memoria. Y en el último bloque hay una diferencia que no se puede disimular: donde Marcos y Mateo ponen a Tadeo, Lucas y los Hechos ponen a «Judas de Santiago».
La explicación más común es que se trata de la misma persona con dos nombres, algo frecuente en la época: había tantos Judas que hacía falta un apodo para distinguirlos, y más aún después de lo que hizo el Iscariote. Juan, que no da ninguna lista, menciona de pasada a un «Judas, no el Iscariote»5. Pero es una armonización, no un dato. Lo mismo ocurre con el recaudador: Marcos y Lucas cuentan la llamada de un publicano llamado Leví, y el Evangelio de Mateo cuenta la misma escena con el nombre de Mateo6. Puede que fueran el mismo hombre. Puede que no.
Y luego está Simón, el segundo Simón del grupo. Marcos y Mateo lo llaman «el cananeo». No significa que fuera de Caná ni de Canaán: es la transcripción de una palabra aramea, qan’ana, que quiere decir «celoso». Lucas la traduce al griego: «el Zelota»7. El apodo sonaba fuerte. Pero conviene no imaginarlo como un guerrillero. El partido de los zelotes que combatió a Roma aparece en las fuentes en la guerra de los años sesenta, una generación después. En tiempos de Jesús, un «celoso» podía ser sencillamente alguien de una piedad intransigente, celoso de la Ley de Dios.
Por qué doce
Ningún judío del siglo I oía el número doce como una cifra neutra. Doce eran los hijos de Jacob y doce las tribus de Israel que descendían de ellos. Pero en tiempos de Jesús esas doce tribus eran un recuerdo: las del norte se habían dispersado siglos atrás, tras la conquista asiria del año 722 antes de Cristo. Lo que quedaba era, sobre todo, Judá. Los profetas, y otros textos judíos después de ellos, habían anunciado que un día Dios reuniría de nuevo a todo su pueblo, las doce tribus enteras8. No eran los únicos que pensaban en esa clave: en los manuscritos del mar Muerto, la Regla de la Comunidad prevé un consejo de «doce hombres y tres sacerdotes»9.
Elegir a doce era, por tanto, un gesto, y no hacía falta explicarlo. Jesús lo dijo una vez de forma explícita, en una frase que Mateo y Lucas conservan con pequeñas diferencias10:
Vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Que el número importaba lo demuestra lo que pasó después. Cuando Judas desapareció, el grupo no se resignó a ser once: según los Hechos, antes de Pentecostés eligieron a Matías para completar la cifra. Y no volvieron a hacerlo nunca más. Cuando Herodes Agripa mandó ejecutar a Santiago, el hermano de Juan, hacia el año 44, nadie ocupó su lugar11. Los Doce eran los testigos del principio, no un consejo que hubiera que mantener completo.
La mayoría de los historiadores cree que el grupo se remonta al propio Jesús y no a la Iglesia posterior. El argumento más fuerte es también el más incómodo: ninguna comunidad cristiana se habría inventado que uno de los doce elegidos por el Maestro fue el que lo entregó.
¿Y quiénes eran? Cuatro de ellos, al menos, eran pescadores del mismo lago, dos parejas de hermanos que, según Lucas, eran socios12. Uno cobraba impuestos y otro llevaba un apodo que olía a política. De la mayoría apenas sabemos el nombre. Pero de los primeros, de los que estaban echando y remendando las redes cuando pasó Jesús por la orilla, sabemos bastante más de lo que parece. Empezamos por ellos.
El capítulo 3, «Pedro y Andrés, Santiago y Juan», sigue en el libro.