Archivo YeshúaMc 1,14 Galilea
en tiempos
de Jesús

Fragmento gratuito

Galilea en tiempos de Jesús

La tierra donde vivió y predicó, aldea por aldea.

  • 5 min de lectura
  • Capítulos 1–2 de 7
  • Marcos 1,14

Marcos resume en una línea el comienzo de todo: después de que Juan el Bautista fuera encarcelado, «Jesús fue a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios»1. La frase parece una simple indicación de lugar. No lo es. Galilea era una región con carácter propio, con sus caminos, su gobernante, sus ciudades nuevas y un lago en el centro que lo cambiaba todo. Para entender lo que hizo Jesús hay que conocer la tierra a la que fue.

La región y sus caminos

En tiempos de Jesús, Galilea era el norte del país judío: una franja de tierra entre la costa fenicia, al oeste, y el valle del Jordán y el lago, al este. Al sur la cerraba el valle de Jezrael, y más allá empezaba Samaría, que los galileos cruzaban deprisa, o rodeaban, cuando subían a Jerusalén.

Flavio Josefo, que la gobernó como general al comienzo de la guerra contra Roma, la conocía palmo a palmo. La describe como una tierra fértil, cultivada hasta el último rincón y llena de aldeas, aunque infla las cifras de población hasta lo increíble2. Y la divide en dos: la Alta y la Baja Galilea.

La Alta Galilea es montañosa, de valles estrechos y cumbres que superan los mil metros. Era una tierra más aislada, de pueblos pequeños. La Misná traza la frontera con un árbol: la Alta Galilea empieza donde ya no crecen los sicómoros3. La Baja Galilea, más al sur, es un paisaje de colinas suaves y valles anchos, con buena tierra para el trigo, el olivo y la vid. Allí estaban Nazaret, Caná y Séforis. Allí transcurrió casi toda la vida de Jesús.

Los galileos tenían, además, su propia forma de hablar. En el patio del sumo sacerdote, en Jerusalén, a Pedro lo delata el acento: «Tú también eres de ellos, se te nota en el habla»4. Y en Jerusalén no siempre se les tomaba en serio: en el Evangelio de Juan, unos fariseos zanjan una discusión con desdén, «de Galilea no sale ningún profeta».

En el borde oriental, hundido entre colinas, está el lago. Mide unos 21 kilómetros de norte a sur y unos 13 en su parte más ancha, y su superficie está a más de 200 metros por debajo del nivel del mar5. Los Evangelios lo llaman de varias maneras: mar de Galilea, mar de Tiberíades, lago de Genesaret. Marcos y Mateo dicen «mar», como se decía en hebreo y en arameo de cualquier gran masa de agua. Lucas, más preciso, prefiere «lago».

Por Galilea pasaban caminos importantes. Uno bajaba desde el puerto de Tolemaida, en la costa, hasta el lago; otro unía el lago con Damasco por el norte; otro descendía por el valle del Jordán hacia Judea. A la gran ruta que unía Egipto con Mesopotamia la llamamos hoy «Vía Maris», pero el nombre es muy posterior: sale de la traducción latina de un versículo de Isaías que Mateo aplica precisamente a Jesús cuando se instala en Cafarnaúm6:

Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.

Galilea no era un rincón perdido. Era una tierra de paso, con mercados, aduanas y gente que iba y venía. Pero la mayoría de los galileos no viajaba: vivía en aldeas, trabajaba la tierra o pescaba, y pagaba impuestos a un gobernante al que el pueblo llamaba rey, aunque Roma nunca le dio ese título.

Herodes Antipas y sus ciudades

Cuando murió Herodes el Grande, en el año 4 antes de Cristo, Roma repartió su reino entre tres de sus hijos. A Antipas le tocaron Galilea y Perea, al otro lado del Jordán, con el título de tetrarca, «el que gobierna una cuarta parte». Gobernó más de cuarenta años, hasta que el emperador Calígula lo depuso y lo desterró en el 39 después de Cristo. Desde la infancia de Jesús hasta su muerte, Galilea tuvo el mismo señor7.

Los Evangelios lo mencionan pocas veces, pero siempre en momentos decisivos. Fue él quien encarceló y mandó decapitar a Juan el Bautista. Josefo cuenta el episodio por su cuenta y con otro motivo: Antipas temía que la popularidad de Juan acabara en revuelta8. Cuando le hablaron de Jesús, pensó que era Juan, que había vuelto de entre los muertos. Y Jesús, al saber que Antipas quería matarlo, respondió con una de sus frases más duras: «Id a decirle a ese zorro…»9.

Antipas fue, sobre todo, un constructor de ciudades. Primero reconstruyó Séforis, a seis kilómetros de Nazaret, arrasada por los romanos tras la revuelta del año 4 antes de Cristo, y la convirtió en su capital. Hacia el año 20 fundó otra a orillas del lago y le puso el nombre del emperador reinante: Tiberíades. La levantó sobre un antiguo cementerio, lo que la hacía impura a ojos de muchos judíos, y tuvo que poblarla con gente de toda procedencia: algunos traídos a la fuerza, otros atraídos con casas y tierras10.

Las monedas que acuñó allí no llevan su retrato, como habría hecho cualquier otro príncipe del Imperio, sino plantas: una caña, una rama de palmera. Antipas sabía dónde gobernaba. El estudioso Gerd Theissen propuso que Jesús aludía a esas monedas cuando preguntó a la gente qué habían ido a ver al desierto: «¿Una caña agitada por el viento?»11. Es una hipótesis sugerente, pero solo eso.

Hay un dato que llama la atención. Los Evangelios recorren Galilea de pueblo en pueblo: Cafarnaúm, Caná, Naín, Betsaida, Corozaín. Pero nunca llevan a Jesús a Séforis ni a Tiberíades, las dos ciudades del tetrarca. Tiberíades aparece solo de pasada, como el lugar del que llegan unas barcas12. ¿Las evitó? ¿No tuvieron peso en su predicación? ¿O a los evangelistas, sencillamente, no les interesaron? Los historiadores defienden las tres respuestas.

Lo que sí parece claro es dónde puso Jesús el centro de su actividad: en las aldeas y pueblos de la orilla norte del lago, entre pescadores, campesinos y recaudadores. Y ahí la arqueología ha encontrado más de lo que nadie esperaba. En 1986, una sequía dejó al descubierto en el barro de la orilla una barca de pescadores de su época. En 2009, al preparar el terreno para un centro de peregrinos en Magdala, apareció una sinagoga del siglo I, con una piedra tallada como no se había visto otra. Y en Cafarnaúm, bajo las ruinas de una iglesia bizantina, se conserva una casa que los primeros cristianos veneraban como la de Pedro.

Para entender lo que significan esos hallazgos hay que empezar por lo más sencillo: cómo eran las aldeas donde vivía casi todo el mundo, sus casas y sus familias.

El capítulo 3, «Aldeas, casas y familias», sigue en el libro.

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Galilea en tiempos de Jesús. La tierra donde vivió y predicó, aldea por aldea.

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  1. 01 La región y sus caminos En este fragmento
  2. 02 Herodes Antipas y sus ciudades En este fragmento
  3. 03 Aldeas, casas y familias En el libro
  4. 04 El lago y sus pescadores En el libro
  5. 05 Trabajo, comida e impuestos En el libro
  6. 06 Cafarnaúm, Magdala y Betsaida En el libro
  7. 07 Galilea hoy En el libro

Notas y fuentes

  1. Marcos 1,14-15. Las citas bíblicas de este libro son traducción propia. ↑

  2. Flavio Josefo, La guerra de los judíos 3,35-44. ↑

  3. Misná, Sheviít 9,2. ↑

  4. Mateo 26,73; Juan 7,52. ↑

  5. Son medidas aproximadas: el nivel del lago sube y baja varios metros según las lluvias y las sequías. ↑

  6. Mateo 4,12-16, que cita Isaías 8,23-9,1. ↑

  7. Flavio Josefo, Antigüedades judías 17,318 y 18,240-256. ↑

  8. Marcos 6,17-29; Flavio Josefo, Antigüedades judías 18,116-119. ↑

  9. Marcos 6,14-16; Lucas 13,31-32. ↑

  10. Flavio Josefo, Antigüedades judías 18,27 (Séforis) y 18,36-38 (Tiberíades). ↑

  11. Mateo 11,7. G. Theissen, The Gospels in Context (1991). ↑

  12. Juan 6,23. ↑

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