La región y sus caminos
Marcos resume en una línea el comienzo de todo: después de que Juan el Bautista fuera encarcelado, «Jesús fue a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios». La frase parece una simple indicación de lugar. No lo es. Galilea era una región con carácter propio, con sus caminos, su gobernante, sus ciudades nuevas y un lago en el centro que lo cambiaba todo. Para entender lo que hizo Jesús hay que conocer la tierra a la que fue.
En tiempos de Jesús, Galilea era el norte del país judío: una franja de tierra entre la costa fenicia, al oeste, y el valle del Jordán y el lago, al este. Al sur la cerraba el valle de Jezrael, y más allá empezaba Samaría, que los galileos cruzaban deprisa, o rodeaban, cuando subían a Jerusalén.
Flavio Josefo, que la gobernó como general al comienzo de la guerra contra Roma, la conocía palmo a palmo. La describe como una tierra fértil, cultivada hasta el último rincón y llena de aldeas, aunque infla las cifras de población hasta lo increíble. Y la divide en dos: la Alta y la Baja Galilea.