Subió al monte y llamó a los que quiso
Marcos lo cuenta con una sencillez que sorprende: Jesús «subió al monte, llamó a los que quiso, y fueron donde él». No hay discursos ni pruebas de acceso. Hay un nombre detrás de otro, doce en total, y una cifra que ningún judío de la época podía oír sin pensar en algo mucho más grande que un grupo de amigos.
La escena está en Marcos 3,13-19. Jesús ya tiene seguidores; algunos lo acompañan desde hace tiempo. Pero aquí hace algo distinto: elige un grupo concreto dentro del grupo. El texto griego dice literalmente que «hizo doce», y añade para qué: «para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar». Las dos cosas van juntas, y en ese orden. Antes de ser enviados, los Doce son los que están con él.
También sorprende quién elige a quién. En el mundo judío de la época era el discípulo quien buscaba a su maestro: «hazte con un maestro», aconseja una de las máximas más antiguas que recoge la Misná. Aquí es al revés. Jesús «llamó a los que quiso». Y a algunos, además, les cambió el nombre. A Simón lo llamó Pedro, que traduce al griego el arameo Kefa, «piedra». A Santiago y a Juan, los hijos de Zebedeo, los llamó Boanerges, «hijos del trueno». El primer apodo habla de una función; el segundo, probablemente, de un carácter.