Lo que Flavio Josefo dijo de Jesús

Dos pasajes de las Antigüedades judías mencionan a Jesús. Qué dicen, por qué uno de ellos fue retocado y qué piensan hoy los historiadores.

6 min de lectura

Hendrick ter Brugghen, San Jerónimo, hacia 1621

Si quieres saber qué decían de Jesús quienes no eran cristianos en el siglo I, la lista de testigos es corta. El primero de ellos, el más cercano en el tiempo y en el lugar, es un judío de Jerusalén que acabó sus días como ciudadano romano: Flavio Josefo. Lo que escribió sobre Jesús son apenas unas líneas. Pero esas líneas han provocado uno de los debates más largos de la historia antigua.

Un sacerdote, un general, un historiador

Josefo nació en Jerusalén en el año 37 o 38, en una familia sacerdotal, con el nombre de Yosef ben Matityahu. Nació, por tanto, pocos años después de la muerte de Jesús y en la misma ciudad1. Recibió una educación esmerada, conoció de cerca a fariseos, saduceos y esenios y, al estallar la revuelta contra Roma en el año 66, fue nombrado comandante de Galilea.

Su guerra duró poco. En el 67 resistió en la fortaleza de Jotapata el asedio de Vespasiano y, cuando la ciudad cayó, se rindió. Ante el general romano hizo una predicción arriesgada: le anunció que sería emperador. Dos años después lo fue. Josefo quedó libre, adoptó el apellido de la familia imperial, los Flavios, y vivió el resto de su vida en Roma, con una pensión y dedicado a escribir.

De su pluma salieron cuatro obras: La guerra de los judíos, escrita en los años setenta; las Antigüedades judías, una historia de su pueblo desde la creación hasta su tiempo, terminada hacia el 93; una autobiografía, la Vida, y un tratado en defensa del judaísmo, Contra Apión. Para quien estudia a Jesús son una mina: describen Galilea, el Templo, a Herodes y a sus hijos, a Poncio Pilato y a Juan el Bautista. Y en dos ocasiones, en las Antigüedades, hablan de Jesús.

El pasaje sobre Santiago

Empecemos por el más sencillo. En el libro 20, Josefo cuenta un episodio del año 62. El gobernador romano de Judea, Festo, había muerto, y su sucesor, Albino, todavía estaba de camino. El sumo sacerdote Anán aprovechó el vacío de poder:

Convocó al sanedrín de los jueces y llevó ante él al hermano de Jesús, llamado el Cristo, cuyo nombre era Santiago, y a algunos otros, y, acusándolos de haber violado la ley, los entregó para que fueran lapidados.

Josefo añade que los ciudadanos más justos y cumplidores de la ley se indignaron, que denunciaron a Anán ante Albino y que el rey Agripa lo destituyó a los tres meses2.

Casi todos los historiadores consideran auténtico este pasaje. No tiene tono cristiano: un cristiano habría llamado a Santiago «el hermano del Señor», como hace Pablo, y no «el hermano de Jesús, llamado el Cristo»3. La expresión es la de alguien que necesita distinguir a ese Jesús de otros muchos. En la misma página aparece otro, Jesús hijo de Damneo, que sustituye a Anán como sumo sacerdote. Y la mención es tan de pasada que da por supuesto que el lector ya sabe quién es ese «Jesús llamado el Cristo». Lo que nos lleva al otro pasaje.

El Testimonio Flaviano

En el libro 18, al hablar del gobierno de Poncio Pilato, Josefo incluye un párrafo sobre Jesús. Se le conoce por su nombre latino, Testimonium Flavianum. Esto es lo que dice el texto griego que ha llegado hasta nosotros:

Por este tiempo apareció Jesús, un hombre sabio, si es que se le puede llamar hombre. Porque era autor de obras asombrosas, maestro de hombres que reciben con gusto la verdad, y atrajo a muchos judíos y a muchos de origen griego. Él era el Cristo. Y cuando Pilato, por la acusación de los principales de entre nosotros, lo condenó a la cruz, los que lo habían amado al principio no dejaron de hacerlo. Porque se les apareció al tercer día, vivo de nuevo, como habían anunciado los divinos profetas esto y otras innumerables maravillas sobre él. Y hasta hoy no ha desaparecido la tribu de los cristianos, que se llaman así por él.

El problema salta a la vista. Josefo fue judío toda su vida y nunca se hizo cristiano. Orígenes, que leyó sus obras en el siglo III, dice expresamente que Josefo no creía que Jesús fuera el Cristo4. Es difícil que el mismo autor escribiera «él era el Cristo» o diera fe de la resurrección como de algo anunciado por los profetas.

Tres posturas

Ante este texto, los estudiosos se han dividido en tres grupos.

Algunos lo consideran auténtico de principio a fin. Hoy son pocos: les cuesta explicar cómo un judío fiel a su fe pudo escribir esas frases.

Otros creen que el párrafo entero es una invención cristiana, insertada en el texto de Josefo por algún copista. Su argumento principal es el silencio: ningún autor cristiano anterior a Eusebio de Cesarea, a comienzos del siglo IV, cita el pasaje, a pesar de que habría sido un argumento valiosísimo frente a los paganos5.

La mayoría, sin embargo, se inclina por una postura intermedia. Josefo escribió un párrafo sobre Jesús, y un copista cristiano lo retocó añadiendo tres frases. Si se quitan «si es que se le puede llamar hombre», «él era el Cristo» y la frase sobre las apariciones, lo que queda es un texto neutro, incluso algo distante, con expresiones muy de Josefo. Llama a los milagros «obras asombrosas», una fórmula que usa en otros lugares, y habla de los cristianos como de una «tribu», una palabra que ningún cristiano habría elegido para sí mismo. Esta es, por ejemplo, la reconstrucción que propone John P. Meier en su obra de referencia sobre el Jesús histórico6.

Una pista en árabe

En 1971, el estudioso israelí Shlomo Pines dio a conocer una versión distinta del pasaje7. Aparece en una crónica universal escrita en árabe en el siglo X por un obispo cristiano, Agapio de Hierápolis. Su resumen del texto de Josefo es más prudente: Jesús era un hombre sabio y de buena conducta; Pilato lo condenó a ser crucificado; sus discípulos contaron que se les había aparecido al tercer día y que estaba vivo, y que «quizá» era el Mesías del que los profetas habían anunciado maravillas.

La versión de Agapio no es el original. Es una paráfrasis tardía que pasó por otras lenguas antes de llegar al árabe. Pero muestra que circularon formas del texto menos rotundas que la nuestra, y refuerza la idea de un núcleo auténtico retocado después. Algo parecido sugiere la cita de san Jerónimo, que en lugar de «él era el Cristo» escribe «se creía que era el Cristo»8.

Lo que podemos decir

Quitando lo dudoso, Josefo nos deja unos pocos datos de un valor enorme. Vienen de un historiador judío, no cristiano, que escribió unos sesenta años después de los hechos y conocía bien el país:

  • Hubo un hombre llamado Jesús, al que algunos llamaban el Cristo.
  • Tenía fama de sabio y de hacer cosas asombrosas, y atrajo seguidores.
  • Poncio Pilato lo condenó a la cruz, tras una acusación de las autoridades judías.
  • Sus seguidores no desaparecieron después de su muerte.
  • Tenía un hermano llamado Santiago, ejecutado en Jerusalén en el año 62.

Nada de esto demuestra la fe cristiana, y Josefo no pretendía hacerlo. Pero sitúa a Jesús donde lo sitúan los Evangelios: en la Judea gobernada por Pilato, entre los movimientos religiosos de su tiempo, con un final en la cruz. Es poco y es mucho. Y es una buena razón para leer a Josefo entero, y no solo estas líneas: pocas obras ayudan tanto a imaginar el mundo en el que vivió Jesús.

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Notas y fuentes

  1. Flavio Josefo, Vida 1-12. ↑

  2. Flavio Josefo, Antigüedades judías 20,197-203. El pasaje citado es 20,200. ↑

  3. Gálatas 1,19. ↑

  4. Orígenes, Contra Celso 1,47, y Comentario a Mateo 10,17. El Testimonio está en Antigüedades judías 18,63-64. ↑

  5. Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica 1,11,7-8, y Demostración evangélica 3,5. ↑

  6. J. P. Meier, Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico, tomo I: Las raíces del problema y de la persona (Verbo Divino, 1998). ↑

  7. S. Pines, An Arabic Version of the Testimonium Flavianum and its Implications (Israel Academy of Sciences and Humanities, 1971). ↑

  8. San Jerónimo, De viris illustribus 13. ↑

La pintura de la cabecera Hendrick ter Brugghen, San Jerónimo, hacia 1621. Museo de Arte de Cleveland.
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